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Fabriquera es el nombre del último disco de Julieta Laso, tomado del tema que abre el álbum: un poema de Carlos de la Púa, El malevo, dedicado a Eva Perón y musicalizado por Daniel Melingo. «Es un tema dedicado a las obreras de las fábricas y, en momentos en que la industria de nuestro país está tan pujante», dice con ironía, «nos pareció que ese era el nombre que tenía que llevar». Habla en plural porque el disco fue concebido junto a Melingo, quien murió el pasado 30 de junio, pero llegó a escuchar el trabajo completo e incluso a elegir el teatro donde querían presentarlo por primera vez: el Xirgu, de Buenos Aires.

Ahora Fabriquera llega a Rosario, donde comienza la gira de presentación. Para contar cómo se prepara para la fecha punta de lanza en Sala Lavardén, este 6 de noviembre, Julieta pasó por Si 98.9. En una charla distendida conversó sobre el proceso de creación del disco, su vínculo con Melingo y todo lo que se pone en juego cuando las canciones salen al encuentro de su público.

El álbum tiene detrás una historia de complicidades, búsquedas y encuentros. Para encontrar la fábrica donde se tomarían las imágenes de la portada, Javier Los, histórico productor de Leonardo Favio, llevó a Julieta a recorrer Avellaneda durante toda una tarde. La imagen de tapa, diseñada por Alejandro Ros con fotografía de Nora Lezano, condensa parte del universo que propone el disco: el trabajo, la historia y una sensibilidad política que atraviesa las canciones.

En los tiempos que corren, Julieta reivindica la importancia de reunirse con amigos, con personas con quienes sea posible pensar y debatir, a partir de un acuerdo fundamental: el respeto por la vida. «En un momento me retiré de Twitter porque ya no me hacía bien. Me di cuenta de que toda esa dinámica de insultos y vorágine de información estaba despertando sentimientos en mí que nunca había tenido, incluso contra los represores. Y no me gustó, porque además sentía que me hacía mal cargar con ese odio que despertaba. Así que dije: esto no me sirve y me alejé de ahí», cuenta.

La lógica de confrontación de las redes desgasta, enoja y consume una energía que termina puesta al servicio de las dinámicas que impone el algoritmo. Frente a esa vorágine, Julieta parece haber encontrado en la música otra forma de afirmarse. «Después de cada invierno, pinta siempre un verano que te hace transpirar en el balcón», canta en uno de los temas. Quizás también de esa necesidad de no gatillar contra el propio corazón nazca Fabriquera: una manera de volver sobre las canciones, los afectos y aquello que todavía vale la pena sostener.

Leer, ir a las marchas para encontrarse con quienes también sienten el dolor de la época y cantar son algunas de esas formas de insistir en lo que hace bien. En esa búsqueda se inscribe Fabriquera, que recupera canciones que Julieta escuchaba en su adolescencia, cuando Melingo ya era para ella un maestro. El disco le permitió darse el gusto de cantar y trabajar con él, pero también explorar registros vocales que hasta entonces no había transitado. Frente al ruido de la confrontación permanente, la música aparece así como un espacio de búsqueda y encuentro, una forma de seguir haciendo algo con otros.

Quienes conocen sus trabajos anteriores encontrarán aquí un registro vocal diferente, atravesado por los susurros, las respiraciones y una exploración que lleva su interpretación hacia territorios menos transitados. «Eso fue buscado. Yo misma no me reconozco al escuchar algunos temas. Fueron muchas tomas de cada canción, innumerables. Y con el Maestro llevándome por registros que yo no había experimentado, estoy muy contenta con el resultado. En ese sentido, siento que me marcó un camino por el que seguir», cuenta.

El disco construye un universo sonoro que transita el tango y lo envuelve en una atmósfera de encantamiento. Algo de ese mundo se traslada al videoclip de Corazón y hueso dirigido por María Alche. La idea inicial era filmarlo en Isla Maciel, en continuidad con la búsqueda por Avellaneda, territorio ligado a una tradición fabril. Pero los costos del traslado de los equipos volvieron inviable esa posibilidad.

Ahora, el desafío es llevar ese universo al escenario, en una gira que la llevará a recorrer el país. «Un poco lo que va a suceder y cómo será llevarlo al escenario lo voy a estar viendo el 6, y eso es siempre una novedad. Por más que uno lo arme y lo prepare con mucha dedicación, siempre tengo la sensación, cuando salgo de gira, de por qué no salí antes y después grabé el disco, porque pasan otras cosas. Pero bueno, nunca se hace así», cuenta. Lo que suceda, entonces, será parte de ese encuentro con el público: algo que todavía está por descubrirse y que harán juntos.

La invitación de Julieta es a compartir. En tiempos en que el odio circula con tanta facilidad y el aislamiento amenaza con volverse costumbre, hay que recetar canto y encuentro de la misma manera en que se recetan ansiolíticos. No para anestesiar el dolor de la época, sino para poder pensarlo con otros, encontrar compañía y abrazarnos en el dos. O como dice en El futuro del amor: «Cantemos juntos el futuro del amor, sigamos juntos creciendo felices». No como una promesa ingenua ni como una certeza, sino como un deseo que necesita de otros para volverse posible. Porque, en tiempos en que tantas cosas parecen empujarnos al aislamiento, cantar juntos todavía puede ser una forma de imaginar el porvenir.

Quizás ahí esté también una de las apuestas del disco: no dar por clausurado el presente ni resignarse a sus formas de desencuentro, sino abrir, desde la música, una posibilidad compartida. Por ese verano que irrevocablemente vendrá nos encontramos a escuchar Fabriquera el 6 de noviembre en la Sala Lavardén de Rosario. Las entradas se pueden conseguir en la boletería del teatro o a través de su página web.


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