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En el marco de la Feria Internacional del Libro de Rosario, voy a tener la oportunidad de conversar con Selva Almada sobre Una casa sola, su novela más reciente. En estos días, mientras retomo sus páginas, me encuentro con una pregunta que excede la historia que cuenta: ¿qué puede decirnos una casa sobre quienes la habitaron, sobre el suelo que la sostiene y sobre las memorias que persisten incluso cuando ya no queda nadie?

Una casa sola es el relato de una casa en medio del espinal entrerriano. Antes de ser casa, antes incluso de ser reparo, era, según nos cuenta la propia casa, «un pedazo de monte». A través de su historia entrevemos la historia de un territorio o, mejor dicho, de un suelo y de las disputas que se cernieron sobre él.

La palabra territorio proviene del latín y remite, en su etimología, a una tierra marcada, apropiada. Pero ese pedazo de monte era —y sigue siendo— suelo antes de ser territorio. A la casa la fueron construyendo quienes conocían el suelo y sabían cómo habitarlo, cómo ser uno con él; no quienes marcan la tierra para apropiársela.

«A mí no me levantó ningún patrón. Por eso yo los desconozco. Fueron esos tipos que andaban de acá para allá, trabajando de esto y aquello según la temporada, vagando. Abrieron un claro aquí en el monte, a golpe de hacha y machete. Mandados por algún capataz a tumbar árboles para vender la madera o hacer carbón. Dos hombres por árbol, uno de cada lado, los filos de las hachas entrando a ritmo en el tronco. Un sonido le salía como del vientre de la panza cada vez que metía el hacha y el monte se llenaba de ese ruido medio bestial. Cuando vieron el hueco que quedaba en el espinal habrán pensado por qué no hacer algo, levantar unas paredes, un techo de ramas. Un bendito para pasar la noche y protegerse del frío, la lluvia, los animales. Había lo que hacía falta: tierra, agua, bosta, paja brava. Ese fue mi origen».

Ese suelo que es la casa está cargado de memorias: las de todos los que pasaron por él y que, con sus huellas, configuran el espacio. Son presencias que siguen estando, así como la casa permanece en quienes la habitaron. A través de ella vemos el espesor del tiempo y las derivas del espacio por el que pasamos. Como si pudiéramos ver todo lo que ocurrió allí a lo largo de siglos de historia, la casa nos habla y, en ese diálogo, descubrimos los dolores de los que estamos íntimamente hechos, aunque hagamos un gran esfuerzo por ignorarlos o por creer que son cosas que ya pasaron.

Cuando entramos en el relato, la casa se pregunta qué habrá sido de los Lucero, la única familia que la habitó. Antes había servido de reparo a trabajadores golondrina que se quedaban por un tiempo y después se iban, dejando lugar para otros. Incluso les pasaban su ubicación a otros peones, para que la noche no los encontrara en el monte sin un techo bajo el cual refugiarse. O eso especula la casa porque siempre alguien llegaba y la encontraba en medio de la nada. Lucero también llegó como peón, pero fue aquerenciándose al suelo, hizo más habitable aquella construcción precaria y formó una familia con la que vivió allí. Hicieron de ella una casa. «Sí, es que yo fui casa de alguien, fui de los Lucero», afirma la propia casa mientras sigue preguntándose por esa familia que se fue sin dejar rastros. La frase abre una pregunta más difícil: ¿qué hace que un lugar pueda decir que fue de alguien?

Ahora la casa está sola. Pero, con ese título, Selva Almada parece decirnos: escuchen todo lo que hay en una casa sola. Miren las huellas de lo que pasó y descubran por qué ya no hay nadie allí. Porque, efectivamente, la casa no está sola. Está el tala, un árbol imponente y soberbio que hace años la pasó en altura y cuyas raíces se entrelazaron con sus cimientos. Están las gallinas, entre ellas la colorada, que picotea sus muros en busca de arañas y que, con cada picotazo, se lleva siempre un poquito de ella. Está Mimi, una galga blanca que eligió la casa para tener sus crías. Y están también los espectros del monte, que observan los movimientos alrededor de la casa y se preguntan, como ella, qué habrá sido de los Lucero.

No sabemos muy bien quiénes son estos espectros del monte. Conforman un coro de susurros, chistes y discusiones. Apenas podemos distinguir a algunos: un soldado desertor del ejército de Urquiza, con un agujero en la cara; una mujer casada que se suicidó al quedar embarazada de un indio; el Cortito, un excombatiente de Malvinas al que le faltan las dos piernas. Sus historias, dispersas en el monte, traen al presente las marcas de un pasado que no termina de pasar. Son las memorias de un suelo que persisten en sus dolores, heridas que todavía nos habitan porque nunca terminan de irse.

Los dolores son muchos, profundos y demasiado reconocibles. La novela de Selva Almada parece decirnos que, cuando ya no quede nada de nuestro tiempo, todavía quedará algo de esa memoria conservada en los muros y desperdigada en la vida vegetal. Quedará el suelo, ese mismo del que venimos y al que, de algún modo, volvemos a pertenecer: un pedazo de monte más.