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Pensar en un estadio en el microcentro actual es tan inverosímil como imaginar una plaza de toros en una de las esquinas más transitadas de Rosario. Sin embargo, durante poco más de diez años, la ciudad tuvo su propio coliseo taurino en Córdoba y Dorrego, exactamente frente a la Plaza San Martín.

La estructura, de madera, se inauguró el 10 de noviembre de 1899 con capacidad para 6.000 personas, aunque los registros cuentan que el día de la apertura llegaron a juntarse unos 10.000 espectadores. El coso costó entre 70.000 y 80.000 pesos de la época, y tuvo la entrada principal en la esquina de Dorrego, con la boletería en Córdoba e Italia.

La construcción no fue fácil: desde 1870 existía en la ciudad la Sociedad Protectora de Animales, la primera institución de Sudamérica creada para defender a los animales, que intentó por todos los medios frenar las corridas. De hecho, las primeras corridas rosarinas, de febrero de 1872 en la propia Plaza San Martín, terminaron en un escándalo: la gente se descontroló, tiró piedras a los animales y hasta les clavó banderillas.

Los intentos por prohibir el espectáculo contaron con aliados de lujo. Domingo Faustino Sarmiento vino personalmente a Rosario para impedir la construcción de una plaza de toros y evitar, según sus palabras, la afrenta de que la segunda ciudad de la República tuviera un coso taurino. Bartolomé Mitre le dio su apoyo público.

Pese a todo, el Coliseo Taurino se construyó en 1899, impulsado sobre todo por los inmigrantes españoles que ya vivían en la ciudad. Pero el negocio no cerró: en octubre de 1900 el Concejo Deliberante debió bajar a la mitad las contribuciones del coliseo ante la falta de interés del público, y alrededor de 1910 la estructura fue demolida.

Ese mismo año hubo un último intento de montar otra plaza en la entonces Pueblo Alberdi, en la zona de la plaza Santos Dumont. Otra vez intervino la sociedad protectora, esta vez acompañada por la nacional, y el Ministerio del Interior dispuso directamente la demolición de la plaza, a modo de castigo y advertencia para quienes intentaran violar la ley.

En marzo de 1910, una nueva prohibición municipal sepultó definitivamente las corridas en Rosario. Quedó en el pasado esa curiosa postal de una ciudad que, por unos años, tuvo ruedo taurino, empresarios, carteles y hasta impuestos a los espectáculos con toros.

Hoy, Córdoba y Dorrego es una esquina más del centro, sin rastros del coliseo. Pero la historia de la plaza de toros rosarina sigue siendo una de esas rarezas que sorprenden: ¿quién diría que en pleno microcentro se lidiaron toros hace apenas un siglo?